Así, sin apenas darte cuenta, el Tour de Francia abandona Barcelona. Aunque todavía resta una etapa para despedir la Grand Départ, las dos jornadas barcelonesas que han servido de pistoletazo de salida bajan el telón y lo hacen con suficiente material para escribir varias crónicas.
Pocos acontecimientos deportivos poseen la capacidad de
transformar una ciudad como lo hace el Tour. Solo unos Juegos Olímpicos o un
Mundial de fútbol consiguen convertir una ciudad en el centro del mundo durante
unos días.
Ver a tus ídolos pedalear por las calles que te han visto
crecer, aquellas sobre las que tú mismo rodaste apenas unos días antes, aunque
solo fuera camino del trabajo, convierte lo cotidiano en extraordinario. Es
imposible que no asome una sonrisa —o incluso alguna lágrima— cuando el Tour
pasa, por fin, por delante de tu puerta.
Paradójicamente, resulta llamativo que una ciudad que lleva
años debatiendo sobre los límites del turismo, en la que cada mañana
desembarcan de los cruceros el equivalente a tres o cuatro localidades como
Luanco y cuyos vecinos conviven con una creciente sensación de hartazgo, se
convierta durante unos días en el mayor escaparate turístico del verano. Porque
el Tour también es eso. Una sucesión de imágenes captadas desde el helicóptero
que muestran playas, monumentos, avenidas y paisajes capaces de despertar el
deseo de viajar en millones de espectadores. Esa es, en el fondo, la verdadera
razón por la que las ciudades pelean por albergar una Grand Départ. Todo lo
demás —el legado deportivo, el impulso al ciclismo de base o la inspiración
para las nuevas generaciones— puede existir y ojalá exista. Sin embargo, el
verdadero retorno de la inversión se mide, sobre todo, en millones de ojos
contemplando la ciudad.
Pero aquí hemos venido, además, a hablar de bicis.
Tras la ceremonia del jueves, en la que un emocionado Carlos
de Andrés fue poniendo voz a los protagonistas de las próximas tres semanas
mientras Catalunya se mostraba al mundo, el Tour echaba a rodar. Y no podía
haber elegido un lugar más simbólico para hacerlo: Montjuïc. Aunque con alguna
variación en el trazado, sus carreteras volvían a recibir al pelotón, como ya
hicieran en aquellas míticas Escaladas que cerraban la temporada
ciclista o en los Mundiales de 1973 y 1984. Sí, para los más jóvenes, también
es el lugar donde últimamente concluye una etapa de la Volta a Catalunya.
Caja Rural tuvo el honor de abrir el Tour de 2026. El equipo navarro abría una contrarreloj por equipos que apenas conserva la esencia de aquella disciplina que debutó en el Tour en 1971. No entro a discutir si es más vistoso o no este formato en el que los corredores pueden cruzar la meta por separado y es el primero de cada equipo quien detiene el cronómetro de la formación. Puede que haya ganado en espectáculo. Incluso es cierto que exige un enorme trabajo colectivo para lanzar al líder y permitirle arañar segundos en la general. Pero la disciplina ha perdido buena parte de su identidad. Las antiguas contrarrelojes por equipos obligaban a construir plantillas equilibradas. No bastaba con rodear al líder de escaladores; hacían falta rodadores capaces de sostener un esfuerzo de una hora sin descomponer la formación. La táctica empezaba muchos meses antes, cuando se confeccionaba el ocho del Tour. Es cierto que el ciclismo sigue siendo un deporte colectivo con un vencedor individual y, en ese sentido, este formato refleja mejor esa realidad. Sin embargo, la antigua contrarreloj por equipos convertía el esfuerzo colectivo en un fin en sí mismo. Ganaba el equipo, no el líder. Y esa era precisamente la grandeza de una disciplina que hoy apenas conserva su nombre.
Pocos situaban a Visma entre los favoritos para llevarse la
etapa. La mayoría señalaba a UAE como el gran dominador de esta disciplina, con
INEOS y Lidl-Trek como principales alternativas. Sin embargo, el conjunto
neerlandés entendió a la perfección el nuevo formato, arropó a su líder en todo
momento y un lanzamiento final de Piganzoli dejó la victoria en bandeja a un
Jonas Vingegaard que asesta el primer golpe del Tour.
Muchos daban por hecho que Pogaçar vestiría el maillot
amarillo en Barcelona y no volvería a desprenderse de él hasta París. «No
veremos el maillot arcoíris en carretera durante todo el Tour», aventuraban
algunos. Vingegaard, sin embargo, parece haber llegado a la cita francesa en un
estado de forma muy superior al de las últimas temporadas. Aun así, hubo un
detalle que quizá deba inquietar ligeramente al danés. En la subida final,
cuando ambos se quedaron solos, en lo que se podía considerar ya un mano a mano, Pogaçar volvió a mostrarse más explosivo. En el uno contra uno, el esloveno
sigue transmitiendo la sensación de tener un punto más. Solo es la primera
etapa, pero esa fue la impresión que dejó sobre el asfalto de Montjuïc.
Pero en apenas 19 kilómetros las diferencias tampoco podían
ser demasiado amplias. Apenas 12 segundos separan a los dos grandes favoritos
al triunfo final y menos de medio minuto a aspirantes como Evenepoel, Ayuso o
Del Toro. Solo Seixas y Lipowitz ceden algo más de treinta segundos.
También hubo quien salió muy mal parado. Cian Uijtdebroeks,
víctima de unos calambres, se desfondó en el tramo decisivo de la etapa justo
cuando Movistar acababa de marcar el mejor tiempo intermedio. La imagen del
equipo telefónico, sin saber si esperar o continuar, ponía el broche a una
última semana para el olvido.
La Grande Boucle todavía no se despedía de Barcelona. La
segunda etapa volvía a llevar al pelotón hasta Montjuïc, esta vez con la
promesa del primer cara a cara entre Tadej Pogaçar y Jonas Vingegaard. El
esloveno buscaba resarcirse tras una contrarreloj sin premio; el danés acababa
de demostrar que estaba preparado para responder a cualquier desafío. Todo
parecía dispuesto para un primer examen entre los dos.
O eso parecía.
Montjuïc parecía condenada a esa extraña nostalgia de los
duelos que nunca fueron. En 1973, durante el Mundial, el público soñaba con un
enfrentamiento entre Merckx y Ocaña que las circunstancias terminaron negando.
Medio siglo después, la montaña barcelonesa volvía a aguardar otro cara a cara
generacional, esta vez entre esloveno y danés. La historia volvía a dejar el mismo
sabor: el de una batalla anunciada que el ciclismo (o Pogaçar) decidieron
posponer.
Todo comenzó como suele empezar la primera etapa en línea de
un Tour de Francia. Los nervios del banderazo de salida, la pelea por formar la
escapada, la inevitable caída multitudinaria —afortunadamente sin consecuencias
de importancia— y esa calma solo aparente que precede a las grandes batallas.
En Montjuïc había demasiados corredores dispuestos a reclamar su porción de
protagonismo. Tom Pidcock fue de los primeros en mostrar las cartas al ordenar
a sus compañeros que mantuvieran a raya la fuga. Poco después respondió UAE quien
tomó el relevo de control para que los tres escapados no acumularan una ventaja
peligrosa.
Entre ellos rodaba el francés Álex Moolenaar, del Caja
Rural-Seguros RGA. Su aventura no estaba destinada a llegar a meta, pero sí a
dejar premio. Los puntos conquistados en las cotas de Montjuïc le aseguraban el
maillot de la montaña y el honor de subir al podio del Tour de Francia.
Vestirse de lunares en la Grande Boucle es un privilegio reservado a muy pocos,
y el equipo navarro veía recompensado uno de los objetivos que se había marcado
desde el mismo día en que recibió la invitación para participar en la carrera.
De momento todo marchaba según lo previsto, aunque por poco
tiempo.
Las averías y los pinchazos están a la orden del día y nadie
está a salvo de ellos. Estábamos terminando el café de la sobremesa cuando, de
repente, OJO: un UAE avanzaba en dirección contraria a la carrera. Durante unos
segundos la imagen no tenía ningún sentido. Poco después vimos a Isaac del Toro
de nuevo sobre la bicicleta y, ya con la repetición a cámara lenta, el misterio
quedó resuelto. No era un corredor, sino un auxiliar del equipo, que se había
subido a una de las bicis y había pedaleado unos metros en sentido contrario
para entregársela al mexicano y permitirle regresar al grupo. Una escena tan
extraña como efectiva. Más tarde, ese mismo Del Toro acabaría levantando los
brazos en la cima de Montjuïc.
No iba a ser el único perjudicado por los imprevistos.
También le tocó sufrir a Paul Seixas, la última gran esperanza del ciclismo
francés, el último corredor al que Francia ya imagina vestido de amarillo en
los Campos Elíseos. El joven tuvo que cambiar de bicicleta en dos ocasiones:
primero tomó la de un compañero para no perder demasiado tiempo y, unos
kilómetros más tarde, recuperó la suya. La maniobra le obligó a exprimirse en
una larga persecución, con un buen susto incluido tras una maniobra del coche del
jurado. Consiguió regresar al pelotón, pero cuesta creer que semejante esfuerzo
no le pasara factura cuando llegó la hora de la verdad.
Y el momento llegó con la entrada al circuito. Tres vueltas
a Montjuïc que prometían pólvora. Tres pasos por la montaña barcelonesa en los
que todos imaginábamos a Pogaçar y Vingegaard midiéndose por primera vez. La
batalla de todas las batallas.
Primera vuelta. Brandon McNulty se pone al frente y endurece
el ritmo. Alto, sí; definitivo, no. El pelotón se reduce a unas cuarenta
unidades. Bueno, es solo la primera toma de contacto.
Segunda vuelta. Brandon McNulty vuelve a marcar el paso. El
ritmo aumenta, pero tampoco lo suficiente como para romper la carrera. Siguen
quedando demasiados candidatos. Bueno, tampoco podíamos pedir que la primera
etapa en línea del Tour se decidiera a 20 kilómetros de meta. Todo quedaba
reservado para el último paso.
Ahora sí.
O no.
Algún acelerón antes de coronar, algún intento de mover el
árbol... pero ni rastro de los Merckx y Ocaña del siglo XXI. Las cámaras
captaron incluso una breve conversación entre Pogaçar e Isaac del Toro.
¿Estaban preparando el ataque del mexicano? ¿Intercambiaban sensaciones?
A muchos les gustará este gesto del esloveno con su
compañero; otros, en cambio, habrán abierto su botella de resignación para
olvidar esa batalla que nunca llegó.
Mañana el Tour entrará por fin en Francia y dejará atrás las
carreteras catalanas y este circo llamado Grand Départ. En lo deportivo,
Barcelona habrá dejado algunos destellos de lo que está por venir. Fuera de la
carretera, cada cual se llevará un recuerdo distinto. Unos conservarán la
imagen de sus ídolos pasando por la puerta de casa. Otros sacarán la
calculadora para hablar de impacto económico y del éxito que supone acoger un
acontecimiento así. Y no faltarán quienes, atrapados entre las vallas, el tráfico
y las aglomeraciones, sigan preguntándose si Barcelona necesitaba,
precisamente, más gente.
Sea como sea, el Tour continúa su camino. Y nosotros, el
nuestro: seguir contándolo.
En otro contexto.
En otro lugar.





