domingo, 5 de julio de 2026

Barcelona y la Grand Départ: tres días, muchas lecturas

Así, sin apenas darte cuenta, el Tour de Francia abandona Barcelona. Aunque todavía resta una etapa para despedir la Grand Départ, las dos jornadas barcelonesas que han servido de pistoletazo de salida bajan el telón y lo hacen con suficiente material para escribir varias crónicas.

Pocos acontecimientos deportivos poseen la capacidad de transformar una ciudad como lo hace el Tour. Solo unos Juegos Olímpicos o un Mundial de fútbol consiguen convertir una ciudad en el centro del mundo durante unos días.

Ver a tus ídolos pedalear por las calles que te han visto crecer, aquellas sobre las que tú mismo rodaste apenas unos días antes, aunque solo fuera camino del trabajo, convierte lo cotidiano en extraordinario. Es imposible que no asome una sonrisa —o incluso alguna lágrima— cuando el Tour pasa, por fin, por delante de tu puerta.

Paradójicamente, resulta llamativo que una ciudad que lleva años debatiendo sobre los límites del turismo, en la que cada mañana desembarcan de los cruceros el equivalente a tres o cuatro localidades como Luanco y cuyos vecinos conviven con una creciente sensación de hartazgo, se convierta durante unos días en el mayor escaparate turístico del verano. Porque el Tour también es eso. Una sucesión de imágenes captadas desde el helicóptero que muestran playas, monumentos, avenidas y paisajes capaces de despertar el deseo de viajar en millones de espectadores. Esa es, en el fondo, la verdadera razón por la que las ciudades pelean por albergar una Grand Départ. Todo lo demás —el legado deportivo, el impulso al ciclismo de base o la inspiración para las nuevas generaciones— puede existir y ojalá exista. Sin embargo, el verdadero retorno de la inversión se mide, sobre todo, en millones de ojos contemplando la ciudad.

Pero aquí hemos venido, además, a hablar de bicis.

Tras la ceremonia del jueves, en la que un emocionado Carlos de Andrés fue poniendo voz a los protagonistas de las próximas tres semanas mientras Catalunya se mostraba al mundo, el Tour echaba a rodar. Y no podía haber elegido un lugar más simbólico para hacerlo: Montjuïc. Aunque con alguna variación en el trazado, sus carreteras volvían a recibir al pelotón, como ya hicieran en aquellas míticas Escaladas que cerraban la temporada ciclista o en los Mundiales de 1973 y 1984. Sí, para los más jóvenes, también es el lugar donde últimamente concluye una etapa de la Volta a Catalunya.


Caja Rural tuvo el honor de abrir el Tour de 2026. El equipo navarro abría una contrarreloj por equipos que apenas conserva la esencia de aquella disciplina que debutó en el Tour en 1971. No entro a discutir si es más vistoso o no este formato en el que los corredores pueden cruzar la meta por separado y es el primero de cada equipo quien detiene el cronómetro de la formación. Puede que haya ganado en espectáculo. Incluso es cierto que exige un enorme trabajo colectivo para lanzar al líder y permitirle arañar segundos en la general. Pero la disciplina ha perdido buena parte de su identidad. Las antiguas contrarrelojes por equipos obligaban a construir plantillas equilibradas. No bastaba con rodear al líder de escaladores; hacían falta rodadores capaces de sostener un esfuerzo de una hora sin descomponer la formación. La táctica empezaba muchos meses antes, cuando se confeccionaba el ocho del Tour. Es cierto que el ciclismo sigue siendo un deporte colectivo con un vencedor individual y, en ese sentido, este formato refleja mejor esa realidad. Sin embargo, la antigua contrarreloj por equipos convertía el esfuerzo colectivo en un fin en sí mismo. Ganaba el equipo, no el líder. Y esa era precisamente la grandeza de una disciplina que hoy apenas conserva su nombre.

Pocos situaban a Visma entre los favoritos para llevarse la etapa. La mayoría señalaba a UAE como el gran dominador de esta disciplina, con INEOS y Lidl-Trek como principales alternativas. Sin embargo, el conjunto neerlandés entendió a la perfección el nuevo formato, arropó a su líder en todo momento y un lanzamiento final de Piganzoli dejó la victoria en bandeja a un Jonas Vingegaard que asesta el primer golpe del Tour.

Muchos daban por hecho que Pogaçar vestiría el maillot amarillo en Barcelona y no volvería a desprenderse de él hasta París. «No veremos el maillot arcoíris en carretera durante todo el Tour», aventuraban algunos. Vingegaard, sin embargo, parece haber llegado a la cita francesa en un estado de forma muy superior al de las últimas temporadas. Aun así, hubo un detalle que quizá deba inquietar ligeramente al danés. En la subida final, cuando ambos se quedaron solos, en lo que se podía considerar ya un mano a mano, Pogaçar volvió a mostrarse más explosivo. En el uno contra uno, el esloveno sigue transmitiendo la sensación de tener un punto más. Solo es la primera etapa, pero esa fue la impresión que dejó sobre el asfalto de Montjuïc.

Pero en apenas 19 kilómetros las diferencias tampoco podían ser demasiado amplias. Apenas 12 segundos separan a los dos grandes favoritos al triunfo final y menos de medio minuto a aspirantes como Evenepoel, Ayuso o Del Toro. Solo Seixas y Lipowitz ceden algo más de treinta segundos.

También hubo quien salió muy mal parado. Cian Uijtdebroeks, víctima de unos calambres, se desfondó en el tramo decisivo de la etapa justo cuando Movistar acababa de marcar el mejor tiempo intermedio. La imagen del equipo telefónico, sin saber si esperar o continuar, ponía el broche a una última semana para el olvido.

La Grande Boucle todavía no se despedía de Barcelona. La segunda etapa volvía a llevar al pelotón hasta Montjuïc, esta vez con la promesa del primer cara a cara entre Tadej Pogaçar y Jonas Vingegaard. El esloveno buscaba resarcirse tras una contrarreloj sin premio; el danés acababa de demostrar que estaba preparado para responder a cualquier desafío. Todo parecía dispuesto para un primer examen entre los dos.

O eso parecía.

Montjuïc parecía condenada a esa extraña nostalgia de los duelos que nunca fueron. En 1973, durante el Mundial, el público soñaba con un enfrentamiento entre Merckx y Ocaña que las circunstancias terminaron negando. Medio siglo después, la montaña barcelonesa volvía a aguardar otro cara a cara generacional, esta vez entre  esloveno y  danés. La historia volvía a dejar el mismo sabor: el de una batalla anunciada que el ciclismo (o Pogaçar) decidieron posponer.

Todo comenzó como suele empezar la primera etapa en línea de un Tour de Francia. Los nervios del banderazo de salida, la pelea por formar la escapada, la inevitable caída multitudinaria —afortunadamente sin consecuencias de importancia— y esa calma solo aparente que precede a las grandes batallas. En Montjuïc había demasiados corredores dispuestos a reclamar su porción de protagonismo. Tom Pidcock fue de los primeros en mostrar las cartas al ordenar a sus compañeros que mantuvieran a raya la fuga. Poco después respondió UAE quien tomó el relevo de control para que los tres escapados no acumularan una ventaja peligrosa.

Entre ellos rodaba el francés Álex Moolenaar, del Caja Rural-Seguros RGA. Su aventura no estaba destinada a llegar a meta, pero sí a dejar premio. Los puntos conquistados en las cotas de Montjuïc le aseguraban el maillot de la montaña y el honor de subir al podio del Tour de Francia. Vestirse de lunares en la Grande Boucle es un privilegio reservado a muy pocos, y el equipo navarro veía recompensado uno de los objetivos que se había marcado desde el mismo día en que recibió la invitación para participar en la carrera.

De momento todo marchaba según lo previsto, aunque por poco tiempo.

Las averías y los pinchazos están a la orden del día y nadie está a salvo de ellos. Estábamos terminando el café de la sobremesa cuando, de repente, OJO: un UAE avanzaba en dirección contraria a la carrera. Durante unos segundos la imagen no tenía ningún sentido. Poco después vimos a Isaac del Toro de nuevo sobre la bicicleta y, ya con la repetición a cámara lenta, el misterio quedó resuelto. No era un corredor, sino un auxiliar del equipo, que se había subido a una de las bicis y había pedaleado unos metros en sentido contrario para entregársela al mexicano y permitirle regresar al grupo. Una escena tan extraña como efectiva. Más tarde, ese mismo Del Toro acabaría levantando los brazos en la cima de Montjuïc.

No iba a ser el único perjudicado por los imprevistos. También le tocó sufrir a Paul Seixas, la última gran esperanza del ciclismo francés, el último corredor al que Francia ya imagina vestido de amarillo en los Campos Elíseos. El joven tuvo que cambiar de bicicleta en dos ocasiones: primero tomó la de un compañero para no perder demasiado tiempo y, unos kilómetros más tarde, recuperó la suya. La maniobra le obligó a exprimirse en una larga persecución, con un buen susto incluido tras una maniobra del coche del jurado. Consiguió regresar al pelotón, pero cuesta creer que semejante esfuerzo no le pasara factura cuando llegó la hora de la verdad.

Y el momento llegó con la entrada al circuito. Tres vueltas a Montjuïc que prometían pólvora. Tres pasos por la montaña barcelonesa en los que todos imaginábamos a Pogaçar y Vingegaard midiéndose por primera vez. La batalla de todas las batallas.

Primera vuelta. Brandon McNulty se pone al frente y endurece el ritmo. Alto, sí; definitivo, no. El pelotón se reduce a unas cuarenta unidades. Bueno, es solo la primera toma de contacto.

Segunda vuelta. Brandon McNulty vuelve a marcar el paso. El ritmo aumenta, pero tampoco lo suficiente como para romper la carrera. Siguen quedando demasiados candidatos. Bueno, tampoco podíamos pedir que la primera etapa en línea del Tour se decidiera a 20 kilómetros de meta. Todo quedaba reservado para el último paso.

Ahora sí.

O no.

Algún acelerón antes de coronar, algún intento de mover el árbol... pero ni rastro de los Merckx y Ocaña del siglo XXI. Las cámaras captaron incluso una breve conversación entre Pogaçar e Isaac del Toro. ¿Estaban preparando el ataque del mexicano? ¿Intercambiaban sensaciones?

La respuesta llegó en el descenso. Del Toro arrancó con decisión, hachazo seco con el que abrió unos metros y encaró en cabeza el repecho final. Detrás, el mejor ciclista del momento, campeón del mundo, ganador de cuatro Tours, un Giro, un puñado de Monumentos y más de un centenar de victorias, se dedicó a controlar que nadie respondiera. Mirando más para atrás que hacia delante, Pogaçar renunció a ganar en favor de su compañero. El mexicano no desaprovechó el regalo. Cruzó la meta entre lágrimas, con Tadej entrando justo detrás y Remco completando el podio de la etapa. Vingegaard, sin perder un segundo, conservó el maillot amarillo. Por detrás sí hubo diferencias: Ayuso, Seixas o Skjelmose cedieron unos segundos; Uijtdebroeks, casi medio minuto.

A muchos les gustará este gesto del esloveno con su compañero; otros, en cambio, habrán abierto su botella de resignación para olvidar esa batalla que nunca llegó.

Mañana el Tour entrará por fin en Francia y dejará atrás las carreteras catalanas y este circo llamado Grand Départ. En lo deportivo, Barcelona habrá dejado algunos destellos de lo que está por venir. Fuera de la carretera, cada cual se llevará un recuerdo distinto. Unos conservarán la imagen de sus ídolos pasando por la puerta de casa. Otros sacarán la calculadora para hablar de impacto económico y del éxito que supone acoger un acontecimiento así. Y no faltarán quienes, atrapados entre las vallas, el tráfico y las aglomeraciones, sigan preguntándose si Barcelona necesitaba, precisamente, más gente.

Sea como sea, el Tour continúa su camino. Y nosotros, el nuestro: seguir contándolo.

En otro contexto.

En otro lugar.

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