miércoles, 1 de julio de 2026

Le Tour: porque el verano se viste de amarillo

Dicen que cada vez el verano empieza antes, aludiendo a un calor que, empujado por el cambio climático, parece adelantarse año tras año. Otros sostienen que su llegada la marca el solsticio o la noche de San Juan (ay, cuántos recuerdos construyendo hogueras). Pero, con vuestro permiso —y que nadie venga a llevarme la contraria—, el verano comienza el primer sábado de julio. O, lo que es lo mismo, cuando el Tour echa a rodar.

Porque la ronda gala huele a crema solar y sabe a sal. Es sinónimo de chiringuitos en la playa, de bares de piscina, de siestas interrumpidas por la voz del comentarista y de ventiladores peleando contra el calor. De sobremesas que se alargan mientras el pelotón atraviesa Francia. De tardes interminables que, curiosamente, siempre se hacen demasiado cortas.

El Tour es verano. O quizá el verano sea Tour. Tanto da.

Recuerdo que, de niño, condicionaba el regreso de la playa para llegar a tiempo a las aventuras —y, sobre todo, a las desventuras— de Perico. Recuerdo una sobremesa en la terraza mientras un americano subido a una bicicleta del futuro le arrebataba el amarillo a un parisino a las puertas de su casa. Recuerdo salir del agua y comprobar si Induráin había conseguido recortarle tiempo a Chiappucci camino de Sestriere.

Sestriere. Izoard. Mont Ventoux. Puy de Dôme... son nombres que me evocan gestas y batallas. Pero, sobre todo, me evocan julio.

Todos los Tours empiezan igual: con un mapa desplegado. Un puñado de nombres ya grabados en la memoria y otros aún desconocidos que esperan convertirse en escenario de historias. De historias que, durante tres semanas, acabarán formando parte de nuestra memoria.

Durante muchos años, la Grande Boucle arrancaba donde casi siempre lo había hecho: en Francia. A lo sumo, alguna salida puntual a un país vecino reforzaba su carácter europeo. Aquellas incursiones fuera de sus fronteras eran una excepción y, precisamente por eso, conservaban un cierto halo especial.

Hoy, en cambio, la Grand Départ parece haberse convertido en un bien de mercado. Ya no despierta curiosidad dónde empezará el Tour, sino quién habrá pagado por acogerla. Y no veo nada de malo en que salga de sus fronteras. El problema llega cuando la excepción pasa a ser norma y el criterio económico termina imponiéndose al espectáculo deportivo.

Sería ingenuo pensar que la ronda gala ha sido una actividad comercial desde hace apenas unos años. En realidad nació siéndolo. En 1903, Henri Desgrange ideó una carrera capaz de disparar las ventas de L’Auto frente a su rival Le Vélo. La prueba siempre ha necesitado dinero para existir. Nació como un negocio al servicio del relato. Hoy el relato parece estar al servicio del negocio.

Al menos, el Tour de este año no obligará al pelotón a cruzar media Europa antes siquiera de empezar a recorrer Francia. Algo es algo.

Más interesante que decidir dónde empieza la ronda gala es discutir cómo está dibujada. Porque, si hay algo tan inevitable como la llegada del verano, es el debate sobre el recorrido. Nunca faltan quienes echan (echamos) en falta grandes encadenados de puertos, quienes añoran (añoramos) las contrarrelojes noventeras o quienes todavía creen (creemos) que una etapa de 250 kilómetros no es un atentado contra los derechos humanos del pelotón. Otros, en cambio, prefieren un Tour donde la épica no estorbe demasiado al espectáculo. Total, la historia ya se fabrica después en redes sociales, si hace falta.

Las discusiones, sin embargo, duran lo que dura un café. Luego llega el momento inevitable: desplegar el mapa. Seguir con el dedo las líneas. Buscar montañas. Imaginar ataques. Y empezar a correr antes de que haya empezado.

La presente edición arrancará en Barcelona el sábado 4 de julio, aunque dos días antes la carrera ya habrá comenzado a latir con la presentación de los equipos, convertida con el tiempo en un espectáculo más cercano al show que a la sobriedad que uno asociaría a un evento ciclista. Pero vayamos a lo deportivo.

Tres jornadas estará la caravana en tierras catalanas. La primera será una contrarreloj por equipos de unos diecinueve kilómetros por las calles de la ciudad condal. Un ejercicio colectivo que, en otro tiempo, tenía un peso mucho mayor en la clasificación general, pero que hoy apenas sirve para empezar a dibujar jerarquías sin llegar a fijarlas del todo.

El segundo día llevará a los corredores a Montjuïc, un final en un escenario que ya forma parte de la historia del ciclismo. Allí se disputaba aquella prueba que ponía broche final al calendario ciclista y que acabó desapareciendo, como tantas otras, entre la falta de apoyos, la rentabilidad discutible y las desavenencias con la normativa UCI. No será una etapa decisiva, pero sí una de esas jornadas en las que los favoritos se dejan ver, toman el pulso a sus piernas y empiezan, sin quererlo del todo, a medirse entre ellos.

La tercera etapa servirá de salida de Catalunya y puerta de entrada a Francia. Una jornada de media montaña con el Col de Toses como principal dificultad antes de llegar a Les Angles.

El Tour del que me enamoré repetía, año tras año, un esquema casi inalterable. Un primer bloque reservado a los esprinters, apoyado en el prólogo y la contrarreloj por equipos, antes de una contrarreloj individual de cierta entidad que servía como antesala de la alta montaña. Después llegaban los dos grandes bloques alpinos y pirenaicos, alternando el orden según el año.

El hecho de iniciar la carrera tan cerca de la cordillera pirenaica hace que su presencia en ella pierda parte de su impacto. Ya ocurrió en otras salidas lejanas a Francia, como Bilbao en 2023 o San Sebastián en 1992, donde el paso por estos colosos se convirtió en algo casi anecdótico, más simbólico que decisivo. Este año no será una excepción. Solo una etapa atravesará los Pirineos, la sexta jornada entre Pau y Gavarnie, con el Aspin y el Tourmalet como principales referencias. Ni siquiera se asciende hasta Tentes, donde la subida alcanza su punto más exigente, lo que habría situado la meta por encima de los 2.200 metros de altitud. Pero eso, claro, habría significado abrir demasiado pronto el libro de la montaña.

Tampoco los esprinters encontrarán demasiado margen en estas primeras jornadas. El recorrido bordea de forma constante la cordillera pirenaica y estrecha las opciones. No será hasta la quinta etapa, con llegada en Pau, cuando los hombres rápidos tengan su primera oportunidad real de disputa.

La segunda semana del Tour solía comenzar con una contrarreloj larga, una de esas etapas que ordenaban la prueba sin necesidad de montaña y como compensación de esta. Sin embargo, esa referencia desaparece y los ciclistas se abren paso hacia el Macizo Central antes de entrar en un bloque que concentra buena parte de la montaña en apenas tres etapas, repartidas entre los Vosgos y la Alta Saboya.

El primer examen recupera un nombre fundacional: el Ballon d’Alsace, primer puerto en la historia de la ronda gala en 1905. Un lugar más cargado de memoria que de dureza real en el contexto actual de la carrera. Al día siguiente, el pelotón volverá a cruzarlo camino de Le Markstein, en una etapa que prolonga el mismo guion. La semana se cerrará en el Plateau de Solaison, un final en alto de categoría especial que, sin embargo, llega sin el acompañamiento de grandes encadenados que puedan convertirlo en un punto de ruptura real.

Llega entonces la semana decisiva. En otras épocas, la contrarreloj individual solía tener un peso mucho mayor en el desarrollo del Tour, con ediciones que incluso superaban los sesenta kilómetros y que podían marcar diferencias importantes. En los últimos años se había recuperado cierta tendencia a aumentar su presencia, aunque sin llegar a aquellos formatos de gran fondo contra el crono que definieron una era.

Esta vez, el tramo decisivo se abre con una contrarreloj de apenas 26 kilómetros, con una ligera subida en su primer tercio. Un esfuerzo breve, casi comprimido, que difícilmente podrá alterar de forma profunda lo construido hasta ese momento. La prueba llega ya ordenada, o al menos encaminada, hacia su desenlace.

Y llegan los Alpes. La traca final. La montaña que todos esperan.

La primera gran cita lleva a Orcières-Merlette, escenario que forma parte de la memoria más que del presente del Tour, aquel lugar donde Ocaña pareció tener en sus manos el destino de una carrera que acabaría escapándosele días después, en la caída del Col de Menté frente a Eddy Merckx.

Al día siguiente, la caravana regresa a Alpe d’Huez, la montaña de los holandeses, de las épicas repetidas y de las historias que ya forman parte del imaginario colectivo. Esta vez, sus 21 curvas llegarán tras un recorrido sin grandes encadenados, más como preludio que como desgaste real.

Y, sin solución de continuidad, aparece la jornada clave. La que no necesita presentación. La que todos reconocen antes de empezar. Una etapa de 170 kilómetros que no destaca tanto por su longitud como por lo que acumula en su interior.

Croix de Fer, Galibier por el Telegraph y el final en Alpe d’Huez, esta vez por el Col de Sarenne, un ascenso largo y exigente que sitúa la meta a menos de 14 kilómetros de la cima. Si la clasificación general no ha quedado resuelta antes, es difícil imaginar un escenario más propicio para hacerlo.

Leyendo esto puede parecer que cualquier tiempo pasado fue mejor. Puede que haya algo de verdad en ello. Pero incluso este ciclismo moderno ha conseguido devolver cierta emoción a unas jornadas que durante años parecían condenadas a ser un desfile ceremonial hacia los Campos Elíseos. En la retina queda la pelea entre Van Aert y Pogačar en la subida a Montmartre, y uno no puede evitar desear que, junto al Moulin Rouge, vuelvan a repetirse escenas similares, u otras igual de inesperadas.

El recorrido podrá ser el que quieras: con más montaña o más contrarreloj, con etapas maratonianas o diseñadas para el consumo rápido. Cada uno dibujaría un Tour diferente. Al final, sin embargo, los mapas solo son el escenario. Son los corredores quienes convierten un puerto en un mito o una etapa anodina en una página de la historia. Igual que el verano llena las playas de veraneantes, el Tour llega cada julio con sus propios habitantes: aventureros, estrategas, gregarios, velocistas y unos pocos elegidos llamados a disputarse el amarillo. Son ellos quienes terminan escribiendo el relato.

Toda narración comienza por la presentación de un protagonista. Tadej Pogačar aparece de nuevo como el corredor capaz de alterar cualquier lógica del trazado, incluso aquella que se da por cerrada antes de empezar. Su forma de correr ha convertido cualquier etapa en un escenario posible de decisión, como si el Tour fuese un libro que puede empezar a leerse por cualquier capítulo. Donde otros esperan el momento señalado, él lo inventa. Ataca cuando nadie lo considera oportuno, convierte una cota menor en un puerto de categoría especial y una jornada destinada a los velocistas en un día de nervios para los hombres de la general. Corre con la naturalidad de quien parece no conocer otra manera de entender el ciclismo y, quizá por eso, ha conseguido algo que muy pocos logran: hacer que el espectador permanezca atento incluso cuando, sobre el papel, no debería pasar absolutamente nada.

Frente al esloveno encontramos a D'Artagnan, siempre dispuesto a desenvainar a la menor ocasión; el Conde de Montecristo será su gran rival. Jonas Vingegaard representa el control, la paciencia y esa calma casi impenetrable de quien nunca parece tener prisa. No corre para sorprender, sino para desgastar. No busca el golpe de efecto, sino el momento exacto en el que la carrera empieza a inclinarse de su lado. Llega reforzado tras su incontestable victoria en el Giro de Italia, donde gobernó la competición con una autoridad casi silenciosa. Ahora le espera un desafío muy distinto. Ya no se trata de dominar, sino de recuperar el trono perdido y ajustar cuentas con el hombre que le ha arrebatado el protagonismo en las dos últimas ediciones. Porque si Pogačar corre guiado por el instinto, Vingegaard lo hace convencido de que, tarde o temprano, la paciencia también acaba escribiendo las mejores victorias.

Tampoco estarán solos en la guerra. Evenepoel, Lipowitz, Ayuso o la gran esperanza francesa, Paul Seixas, intentarán colarse en un duelo que muchos ya venden empaquetado como si el resto del pelotón hubiera acudido a Francia para hacer bulto. A ellos les tocará demostrar que no han venido a tres semanas de carrera únicamente para disputarse el honorífico premio de ser el primero entre los mortales. Esperarán un mal día de Pogačar, una fisura de Vingegaard o, simplemente, que el Tour vuelva a recordarnos que la carretera tiene la mala costumbre de reírse de los pronósticos. Porque, por suerte, las Grandes Vueltas todavía no se deciden en las presentaciones, los platós de televisión ni las redes sociales.

Terminará la edición de 2026 de la Grande Boucle. Ya nadie discutirá sobre Barcelona, sobre el negocio de la Grand Départ, sobre la escasez de contrarreloj o sobre aquel ataque que, según usted, llegó demasiado pronto o demasiado tarde. Todo eso habrá dejado de importar.

Lo que permanecerá será otra cosa. La voz de Carlos de Andrés o Íñigo Markínez colándose entre el murmullo del chiringuito de la playa y el bar de la piscina. Las siestas interrumpidas por un sprint en Pau. Las conversaciones interminables en cualquier terraza intentando resolver si Pogačar aburre o si, simplemente, estamos viendo a uno de esos corredores que solo aparecen una vez cada varias generaciones.

Y será entonces, solo entonces, cuando comprenderemos que el verano no lo marcaban el calendario ni el solsticio. Que había empezado, como siempre, el primer sábado de julio.

Vive le Tour.

 


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