Dicen que cada vez el verano empieza antes, aludiendo a un
calor que, empujado por el cambio climático, parece adelantarse año tras año.
Otros sostienen que su llegada la marca el solsticio o la noche de San Juan
(ay, cuántos recuerdos construyendo hogueras). Pero, con vuestro permiso —y que
nadie venga a llevarme la contraria—, el verano comienza el primer sábado de
julio. O, lo que es lo mismo, cuando el Tour echa a rodar.
Porque la ronda gala huele a crema solar y sabe a sal. Es
sinónimo de chiringuitos en la playa, de bares de piscina, de siestas
interrumpidas por la voz del comentarista y de ventiladores peleando contra el
calor. De sobremesas que se alargan mientras el pelotón atraviesa Francia. De
tardes interminables que, curiosamente, siempre se hacen demasiado cortas.
El Tour es verano. O quizá el verano sea Tour. Tanto da.
Recuerdo que, de niño, condicionaba el regreso de la playa
para llegar a tiempo a las aventuras —y, sobre todo, a las desventuras— de
Perico. Recuerdo una sobremesa en la terraza mientras un americano subido a una
bicicleta del futuro le arrebataba el amarillo a un parisino a las puertas de
su casa. Recuerdo salir del agua y comprobar si Induráin había conseguido
recortarle tiempo a Chiappucci camino de Sestriere.
Sestriere. Izoard. Mont Ventoux. Puy de Dôme... son nombres
que me evocan gestas y batallas. Pero, sobre todo, me evocan julio.
Todos los Tours empiezan igual: con un mapa desplegado. Un
puñado de nombres ya grabados en la memoria y otros aún desconocidos que
esperan convertirse en escenario de historias. De historias que, durante tres
semanas, acabarán formando parte de nuestra memoria.
Durante muchos años, la Grande Boucle arrancaba donde casi
siempre lo había hecho: en Francia. A lo sumo, alguna salida puntual a un país
vecino reforzaba su carácter europeo. Aquellas incursiones fuera de sus
fronteras eran una excepción y, precisamente por eso, conservaban un cierto
halo especial.
Sería ingenuo pensar que la ronda gala ha sido una actividad
comercial desde hace apenas unos años. En realidad nació siéndolo. En 1903,
Henri Desgrange ideó una carrera capaz de disparar las ventas de L’Auto
frente a su rival Le Vélo. La prueba siempre ha necesitado dinero para
existir. Nació como un negocio al servicio del relato. Hoy el relato parece
estar al servicio del negocio.
Al menos, el Tour de este año no obligará al pelotón a
cruzar media Europa antes siquiera de empezar a recorrer Francia. Algo es algo.
Tres jornadas estará la caravana en tierras catalanas. La
primera será una contrarreloj por equipos de unos diecinueve kilómetros por las
calles de la ciudad condal. Un ejercicio colectivo que, en otro tiempo, tenía
un peso mucho mayor en la clasificación general, pero que hoy apenas sirve para
empezar a dibujar jerarquías sin llegar a fijarlas del todo.
El segundo día llevará a los corredores a Montjuïc, un final
en un escenario que ya forma parte de la historia del ciclismo. Allí se
disputaba aquella prueba que ponía broche final al calendario ciclista y que
acabó desapareciendo, como tantas otras, entre la falta de apoyos, la
rentabilidad discutible y las desavenencias con la normativa UCI. No será una
etapa decisiva, pero sí una de esas jornadas en las que los favoritos se dejan
ver, toman el pulso a sus piernas y empiezan, sin quererlo del todo, a medirse
entre ellos.
La tercera etapa servirá de salida de Catalunya y puerta de
entrada a Francia. Una jornada de media montaña con el Col de Toses como
principal dificultad antes de llegar a Les Angles.
El Tour del que me enamoré repetía, año tras año, un esquema
casi inalterable. Un primer bloque reservado a los esprinters, apoyado en el
prólogo y la contrarreloj por equipos, antes de una contrarreloj individual de
cierta entidad que servía como antesala de la alta montaña. Después llegaban
los dos grandes bloques alpinos y pirenaicos, alternando el orden según el año.
El hecho de iniciar la carrera tan cerca de la cordillera
pirenaica hace que su presencia en ella pierda parte de su impacto. Ya ocurrió
en otras salidas lejanas a Francia, como Bilbao en 2023 o San Sebastián en
1992, donde el paso por estos colosos se convirtió en algo casi anecdótico, más
simbólico que decisivo. Este año no será una excepción. Solo una etapa
atravesará los Pirineos, la sexta jornada entre Pau y Gavarnie, con el Aspin y
el Tourmalet como principales referencias. Ni siquiera se asciende hasta
Tentes, donde la subida alcanza su punto más exigente, lo que habría situado la
meta por encima de los 2.200 metros de altitud. Pero eso, claro, habría
significado abrir demasiado pronto el libro de la montaña.
Tampoco los esprinters encontrarán demasiado margen en estas
primeras jornadas. El recorrido bordea de forma constante la cordillera
pirenaica y estrecha las opciones. No será hasta la quinta etapa, con llegada
en Pau, cuando los hombres rápidos tengan su primera oportunidad real de
disputa.
La segunda semana del Tour solía comenzar con una
contrarreloj larga, una de esas etapas que ordenaban la prueba sin necesidad de
montaña y como compensación de esta. Sin embargo, esa referencia desaparece y los
ciclistas se abren paso hacia el Macizo Central antes de entrar en un bloque
que concentra buena parte de la montaña en apenas tres etapas, repartidas entre
los Vosgos y la Alta Saboya.
El primer examen recupera un nombre fundacional: el Ballon
d’Alsace, primer puerto en la historia de la ronda gala en 1905. Un lugar más
cargado de memoria que de dureza real en el contexto actual de la carrera. Al
día siguiente, el pelotón volverá a cruzarlo camino de Le Markstein, en una
etapa que prolonga el mismo guion. La semana se cerrará en el Plateau de
Solaison, un final en alto de categoría especial que, sin embargo, llega sin el
acompañamiento de grandes encadenados que puedan convertirlo en un punto de
ruptura real.
Llega entonces la semana decisiva. En otras épocas, la
contrarreloj individual solía tener un peso mucho mayor en el desarrollo del
Tour, con ediciones que incluso superaban los sesenta kilómetros y que podían
marcar diferencias importantes. En los últimos años se había recuperado cierta
tendencia a aumentar su presencia, aunque sin llegar a aquellos formatos de
gran fondo contra el crono que definieron una era.
Esta vez, el tramo decisivo se abre con una contrarreloj de
apenas 26 kilómetros, con una ligera subida en su primer tercio. Un esfuerzo
breve, casi comprimido, que difícilmente podrá alterar de forma profunda lo
construido hasta ese momento. La prueba llega ya ordenada, o al menos
encaminada, hacia su desenlace.
Y llegan los Alpes. La traca final. La montaña que todos
esperan.
La primera gran cita lleva a Orcières-Merlette, escenario
que forma parte de la memoria más que del presente del Tour, aquel lugar donde
Ocaña pareció tener en sus manos el destino de una carrera que acabaría
escapándosele días después, en la caída del Col de Menté frente a Eddy Merckx.
Al día siguiente, la caravana regresa a Alpe d’Huez, la
montaña de los holandeses, de las épicas repetidas y de las historias que ya
forman parte del imaginario colectivo. Esta vez, sus 21 curvas llegarán tras un
recorrido sin grandes encadenados, más como preludio que como desgaste real.
Y, sin solución de continuidad, aparece la jornada clave. La
que no necesita presentación. La que todos reconocen antes de empezar. Una
etapa de 170 kilómetros que no destaca tanto por su longitud como por lo que
acumula en su interior.
Croix de Fer, Galibier por el Telegraph y el final en Alpe
d’Huez, esta vez por el Col de Sarenne, un ascenso largo y exigente que sitúa
la meta a menos de 14 kilómetros de la cima. Si la clasificación general no ha
quedado resuelta antes, es difícil imaginar un escenario más propicio para
hacerlo.
El recorrido podrá ser el que quieras: con más montaña o más
contrarreloj, con etapas maratonianas o diseñadas para el consumo rápido. Cada
uno dibujaría un Tour diferente. Al final, sin embargo, los mapas solo son el
escenario. Son los corredores quienes convierten un puerto en un mito o una
etapa anodina en una página de la historia. Igual que el verano llena las
playas de veraneantes, el Tour llega cada julio con sus propios habitantes:
aventureros, estrategas, gregarios, velocistas y unos pocos elegidos llamados a
disputarse el amarillo. Son ellos quienes terminan escribiendo el relato.
Toda narración comienza por la presentación de un
protagonista. Tadej Pogačar aparece de nuevo como el corredor capaz de alterar
cualquier lógica del trazado, incluso aquella que se da por cerrada antes de
empezar. Su forma de correr ha convertido cualquier etapa en un escenario
posible de decisión, como si el Tour fuese un libro que puede empezar a leerse
por cualquier capítulo. Donde otros esperan el momento señalado, él lo inventa.
Ataca cuando nadie lo considera oportuno, convierte una cota menor en un puerto
de categoría especial y una jornada destinada a los velocistas en un día de
nervios para los hombres de la general. Corre con la naturalidad de quien
parece no conocer otra manera de entender el ciclismo y, quizá por eso, ha
conseguido algo que muy pocos logran: hacer que el espectador permanezca atento
incluso cuando, sobre el papel, no debería pasar absolutamente nada.
Frente al esloveno encontramos a D'Artagnan, siempre
dispuesto a desenvainar a la menor ocasión; el Conde de Montecristo será su
gran rival. Jonas Vingegaard representa el control, la paciencia y esa calma
casi impenetrable de quien nunca parece tener prisa. No corre para sorprender,
sino para desgastar. No busca el golpe de efecto, sino el momento exacto en el
que la carrera empieza a inclinarse de su lado. Llega reforzado tras su
incontestable victoria en el Giro de Italia, donde gobernó la competición con
una autoridad casi silenciosa. Ahora le espera un desafío muy distinto. Ya no
se trata de dominar, sino de recuperar el trono perdido y ajustar cuentas con
el hombre que le ha arrebatado el protagonismo en las dos últimas ediciones.
Porque si Pogačar corre guiado por el instinto, Vingegaard lo hace convencido
de que, tarde o temprano, la paciencia también acaba escribiendo las mejores
victorias.
Tampoco estarán solos en la guerra. Evenepoel, Lipowitz,
Ayuso o la gran esperanza francesa, Paul Seixas, intentarán colarse en un duelo
que muchos ya venden empaquetado como si el resto del pelotón hubiera acudido a
Francia para hacer bulto. A ellos les tocará demostrar que no han venido a tres
semanas de carrera únicamente para disputarse el honorífico premio de ser el
primero entre los mortales. Esperarán un mal día de Pogačar, una fisura de
Vingegaard o, simplemente, que el Tour vuelva a recordarnos que la carretera
tiene la mala costumbre de reírse de los pronósticos. Porque, por suerte, las
Grandes Vueltas todavía no se deciden en las presentaciones, los platós de
televisión ni las redes sociales.
Terminará la edición de 2026 de la Grande Boucle. Ya nadie
discutirá sobre Barcelona, sobre el negocio de la Grand Départ, sobre la
escasez de contrarreloj o sobre aquel ataque que, según usted, llegó demasiado
pronto o demasiado tarde. Todo eso habrá dejado de importar.
Lo que permanecerá será otra cosa. La voz de Carlos de
Andrés o Íñigo Markínez colándose entre el murmullo del chiringuito de la playa
y el bar de la piscina. Las siestas interrumpidas por un sprint en Pau. Las
conversaciones interminables en cualquier terraza intentando resolver si
Pogačar aburre o si, simplemente, estamos viendo a uno de esos corredores que
solo aparecen una vez cada varias generaciones.
Y será entonces, solo entonces, cuando comprenderemos que el
verano no lo marcaban el calendario ni el solsticio. Que había empezado, como
siempre, el primer sábado de julio.
Vive le Tour.



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