jueves, 9 de julio de 2026

Cuando Pogačar convirtió el Tourmalet en sentencia

C’est fini.

Konec je.

Det er slut.

Se acabó.

Cinco días de dudas, de ese “¿y si este año sí?”, de imaginar a Tadej Pogačar y Jonas Vingegaard peleando durante tres semanas como los dos gigantes que son. Pero en la sexta etapa el esloveno hizo lo esperado: atacar. Y cuando arrancó, el Tour dejó de parecer una batalla abierta para inclinarse claramente de su lado.

La pregunta nunca fue si iba a probarlo. Como decía, se daba por hecho. No sabe correr a otra cosa. La duda estaba en el otro lado: si Vingegaard podría aguantarle, si estaría lo bastante cerca de su nivel y, en caso de perder tiempo, si todavía habría margen para darle la vuelta al Tour más adelante.

No lo hubo.

Porque no estamos hablando solo del mejor corredor del momento en casi todos los terrenos. Estamos viendo al mejor ciclista que ha conocido este deporte.

El recorrido de esta edición de la ronda gala estaba diseñado para guardar la emoción hasta el final, reservando la gran traca para la tercera semana con una penúltima etapa de enorme dureza. Pero el esloveno no entiende de esperas ni de cálculos. Como ya ocurrió en las dos últimas ocasiones en que el Tour partió de la península, los Pirineos aparecían pronto y con una presencia limitada. De hecho, la organización ya había suavizado el primer gran contacto con la alta montaña con un final de puerto incompleto, deteniendo la etapa en Gavarnie en lugar de prolongarla hasta Tentes. Habría sido un auténtico etapón: llegada a más de 2.200 metros de altitud tras encadenar los míticos Aspin y Tourmalet.

A pesar de todo —de la falta de dureza en el final, de la temprana cita pirenaica y de tener ya el Tour casi sentenciado— la etapa ha sido un gran espectáculo. Y que la normalización de lo que hace este hombre, junto a tantos otros argumentos, no nos impida disfrutar de un corredor único y de las exhibiciones que nos regala cada vez que se sube a una bicicleta.

Todo arrancaba en Pau, ciudad acostumbrada desde hace décadas a acoger salidas y llegadas de la ronda gala. Hasta el pie del Col d'Aspin, la jornada transcurrió con relativa normalidad: fuga, un Mads Pedersen empeñado en llevar el maillot verde hasta París y los comisarios de la UCI advirtiendo a Huub Artz de que se agarrara bien al manillar. Esos mismos comisarios que parecen preocuparse más por detalles como ese o por el tamaño de los calcetines que por la seguridad real de los ciclistas, mientras seguimos viendo llegadas que, en ocasiones, se parecen más a una gincana que a una etapa World Tour.

Pero cuando la carretera empezó a empinarse y se acercaba el momento decisivo, los hombres del UAE se pusieron el mono de trabajo y endurecieron la carrera. En la cima del Col d'Aspin apenas se produjo una modesta selección, mientras Lenny Martinez y Valentin Paret-Peintre, escuálido como él solo, esprintaban por los puntos de la montaña para mantener viva la pelea por el maillot de lunares.

Y entonces apareció Tourmalet.

El paso de montaña más repetido en la historia del Tour de Francia: hasta 88 veces ha pasado la Grande Boucle por sus rampas, unas desde Sainte-Marie-de-Campan y tantas más desde Luz-Saint-Sauveur. Allí donde en 1910 Henri Desgrange envió a su redactor Alphonse Steinès para comprobar si su carrera podía superar semejante obstáculo. Steinès, después de casi sucumbir entre la nieve y los osos, mandó aquel ya célebre telegrama: «Atravesado Tourmalet. Muy buena ruta. Perfectamente practicable».

Como tantas veces en más de un siglo de historia, el puerto terminó hablando por sí mismo. Bueno, el puerto o Pogačar, según se mire.

Los hombres del UAE siguieron endureciendo la carrera tras el descenso del Col d'Aspin y ya desde las primeras rampas del mítico puerto pirenaico tomaron el control absoluto. Primero Nils Politt, después Tim Wellens. Cada relevo elevaba un poco más el ritmo y el grupo se reducía en la misma proporción. A mitad de subida, la selección de los corredores que iban a ocupar las primeras plazas del Tour ya estaba hecha.

A esas alturas ya nadie dudaba del ataque de Pogačar. Quizá algún escéptico orcelitano todavía pensaba que aquello acabaría resolviéndose en grupo, quién sabe.

Entonces Del Toro tomó el mando y puso la marcheta definitiva, la antesala del ataque de su líder. Pero ni siquiera hizo falta esperar a que llegara. Los Lidl por un lado, Remco dando señales de ir justo, su compañero —digo compañero porque visten igual— Lipowitz queriendo pero sin poder, el heredero de Hinault, Seixas, poniendo voluntad pero todavía lejos de llegar a tejón. Y Vingegaard, ay Vingegaard, que aún no se había quedado solo con su rival y ya veía alejarse el arcoíris.

Entrábamos en La Mongie, allí donde Lance Armstrong hizo de las suyas, y el Tour de Francia de 2026 comenzaba a cerrarse.

En un primer momento dio la sensación de que no iba a pasar. El danés supo sufrir en esos primeros compases de subida y la diferencia entre los dos aspirantes al amarillo en París apenas oscilaba entre los siete y los once segundos.

Se acercaban a la cima y Jonas Vingegaard parecía contener el daño, hasta que finalmente se rompió. Medio minuto antes apareció Tadej Pogačar junto al monumento a Octave Lapize, el primer corredor en coronar el Tourmalet en la historia del Tour, aquel que pasó por la cima al grito de «sois unos asesinos».

En esta ocasión, el único magnicida venía de Eslovenia y ya acumulaba un reguero de víctimas.

Un minuto después de Vingegaard cruzaban la pancarta del gran premio de la montaña Seixas, Lipowitz y Del Toro. Unos segundos más tarde lo hacía el resto de favoritos.

Antes de acometer la ascensión final había que descender el coloso pirenaico. Escenario de bajadas memorables y de traiciones disfrazadas de exhibición táctica, era un terreno en el que se podía recuperar tiempo o, por el contrario, ver cómo se abría un hueco que hasta entonces parecía salvable.

Si en la subida Pogačar había sacado 30 segundos a Vingegaard, en el descenso dobló la ventaja y apareció en Luz-Saint-Sauveur con un minuto de margen sobre su rival. No porque el esloveno estuviera firmando un descenso para el recuerdo —más allá de los 107 km/h que alcanzó en un momento dado—, sino porque al danés se le veía un tanto cruzado. No llegaba al nivel del entrañable Ilnur Zakarin, pero verle entrar en algunas curvas resultaba cuanto menos extraño.

Y mejor no hablar de los frenos de su Cervélo, que sonaban más fuerte que mi Orbea tras diluvio.

Y así llegamos a la subida final. El debate ya no era si Jonas Vingegaard iba a perder tiempo en Gavarnie, sino cuánto iba a perder.

El Tour había pensado que un puerto tendido como final de etapa serviría para contener las diferencias. Claro, eso funciona cuando hablas de corredores normales. Si el mejor ciclista del mundo ya había dejado moribundos a sus rivales en las rampas del Col du Tourmalet, en una subida de porcentajes más suaves la brecha podía ser incluso mayor que en un final como Luz Ardiden.

Y fue exactamente lo que ocurrió.

Mientras por detrás se unían los grupos de Florian Lipowitz, Isaac del Toro y Paul Seixas con el de Remco Evenepoel, Juan Ayuso y Mattias Skjelmose, Tadej Pogačar no hacía más que aumentar su ventaja sobre Jonas Vingegaard. Ya solo quedaba esperar a que todos cruzaran la meta.

Vigesimotercera victoria de etapa del esloveno en el Tour de Francia. Un paso más hacia su quinto triunfo en París.

2 minutos y 42 segundos sobre Vingegaard. Más de tres minutos sobre el resto.

El Tour parece sentenciado, no solo por la renta acumulada en una sexta etapa, sino por una sensación todavía más demoledora: ahora mismo cuesta imaginar a alguien capaz de quitarle la corona a este extraterrestre.

Una vez más, mientras la montaña aparenta permanecer impasible, el Tourmalet ha vuelto a ser testigo de la historia y a abrazar al mejor ciclista que jamás haya pasado por sus rampas.

El Tour continúa. La leyenda también.

 

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