C’est fini.
Konec je.
Det er slut.
Se acabó.
Cinco días de dudas, de ese “¿y si este año sí?”, de
imaginar a Tadej Pogačar y Jonas Vingegaard peleando durante tres semanas como
los dos gigantes que son. Pero en la sexta etapa el esloveno hizo lo esperado:
atacar. Y cuando arrancó, el Tour dejó de parecer una batalla abierta para inclinarse
claramente de su lado.
La pregunta nunca fue si iba a probarlo. Como decía, se daba
por hecho. No sabe correr a otra cosa. La duda estaba en el otro lado: si
Vingegaard podría aguantarle, si estaría lo bastante cerca de su nivel y, en
caso de perder tiempo, si todavía habría margen para darle la vuelta al Tour
más adelante.
No lo hubo.
Porque no estamos hablando solo del mejor corredor del
momento en casi todos los terrenos. Estamos viendo al mejor ciclista que ha
conocido este deporte.
El recorrido de esta edición de la ronda gala estaba
diseñado para guardar la emoción hasta el final, reservando la gran traca para
la tercera semana con una penúltima etapa de enorme dureza. Pero el esloveno no
entiende de esperas ni de cálculos. Como ya ocurrió en las dos últimas
ocasiones en que el Tour partió de la península, los Pirineos aparecían pronto
y con una presencia limitada. De hecho, la organización ya había suavizado el
primer gran contacto con la alta montaña con un final de puerto incompleto,
deteniendo la etapa en Gavarnie en lugar de prolongarla hasta Tentes. Habría
sido un auténtico etapón: llegada a más de 2.200 metros de altitud tras
encadenar los míticos Aspin y Tourmalet.
A pesar de todo —de la falta de dureza en el final, de la
temprana cita pirenaica y de tener ya el Tour casi sentenciado— la etapa ha
sido un gran espectáculo. Y que la normalización de lo que hace este hombre,
junto a tantos otros argumentos, no nos impida disfrutar de un corredor único y
de las exhibiciones que nos regala cada vez que se sube a una bicicleta.
Todo arrancaba en Pau, ciudad acostumbrada desde hace
décadas a acoger salidas y llegadas de la ronda gala. Hasta el pie del Col
d'Aspin, la jornada transcurrió con relativa normalidad: fuga, un Mads Pedersen
empeñado en llevar el maillot verde hasta París y los comisarios de la UCI
advirtiendo a Huub Artz de que se agarrara bien al manillar. Esos mismos
comisarios que parecen preocuparse más por detalles como ese o por el tamaño de
los calcetines que por la seguridad real de los ciclistas, mientras seguimos
viendo llegadas que, en ocasiones, se parecen más a una gincana que a
una etapa World Tour.
Pero cuando la carretera empezó a empinarse y se acercaba el
momento decisivo, los hombres del UAE se pusieron el mono de trabajo y
endurecieron la carrera. En la cima del Col d'Aspin apenas se produjo una
modesta selección, mientras Lenny Martinez y Valentin Paret-Peintre, escuálido
como él solo, esprintaban por los puntos de la montaña para mantener viva la
pelea por el maillot de lunares.
Y entonces apareció Tourmalet.
El paso de montaña más repetido en la historia del Tour de
Francia: hasta 88 veces ha pasado la Grande Boucle por sus rampas, unas desde
Sainte-Marie-de-Campan y tantas más desde Luz-Saint-Sauveur. Allí donde en 1910
Henri Desgrange envió a su redactor Alphonse Steinès para comprobar si su
carrera podía superar semejante obstáculo. Steinès, después de casi sucumbir
entre la nieve y los osos, mandó aquel ya célebre telegrama: «Atravesado
Tourmalet. Muy buena ruta. Perfectamente practicable».
Como tantas veces en más de un siglo de historia, el puerto
terminó hablando por sí mismo. Bueno, el puerto o Pogačar, según se mire.
Los hombres del UAE siguieron endureciendo la carrera tras
el descenso del Col d'Aspin y ya desde las primeras rampas del mítico puerto
pirenaico tomaron el control absoluto. Primero Nils Politt, después Tim Wellens.
Cada relevo elevaba un poco más el ritmo y el grupo se reducía en la misma
proporción. A mitad de subida, la selección de los corredores que iban a ocupar
las primeras plazas del Tour ya estaba hecha.
A esas alturas ya nadie dudaba del ataque de Pogačar. Quizá
algún escéptico orcelitano todavía pensaba que aquello acabaría resolviéndose
en grupo, quién sabe.
Entonces Del Toro tomó el mando y puso la marcheta
definitiva, la antesala del ataque de su líder. Pero ni siquiera hizo falta
esperar a que llegara. Los Lidl por un lado, Remco dando señales de ir justo,
su compañero —digo compañero porque visten igual— Lipowitz queriendo pero sin
poder, el heredero de Hinault, Seixas, poniendo voluntad pero todavía lejos de
llegar a tejón. Y Vingegaard, ay Vingegaard, que aún no se había quedado solo
con su rival y ya veía alejarse el arcoíris.
Entrábamos en La Mongie, allí donde Lance Armstrong hizo de
las suyas, y el Tour de Francia de 2026 comenzaba a cerrarse.
En un primer momento dio la sensación de que no iba a pasar.
El danés supo sufrir en esos primeros compases de subida y la diferencia entre
los dos aspirantes al amarillo en París apenas oscilaba entre los siete y los
once segundos.
En esta ocasión, el único magnicida venía de Eslovenia y ya
acumulaba un reguero de víctimas.
Un minuto después de Vingegaard cruzaban la pancarta del
gran premio de la montaña Seixas, Lipowitz y Del Toro. Unos segundos más tarde
lo hacía el resto de favoritos.
Antes de acometer la ascensión final había que descender el
coloso pirenaico. Escenario de bajadas memorables y de traiciones disfrazadas
de exhibición táctica, era un terreno en el que se podía recuperar tiempo o,
por el contrario, ver cómo se abría un hueco que hasta entonces parecía
salvable.
Si en la subida Pogačar había sacado 30 segundos a
Vingegaard, en el descenso dobló la ventaja y apareció en Luz-Saint-Sauveur con
un minuto de margen sobre su rival. No porque el esloveno estuviera firmando un
descenso para el recuerdo —más allá de los 107 km/h que alcanzó en un momento
dado—, sino porque al danés se le veía un tanto cruzado. No llegaba al nivel
del entrañable Ilnur Zakarin, pero verle entrar en algunas curvas resultaba
cuanto menos extraño.
Y mejor no hablar de los frenos de su Cervélo, que sonaban
más fuerte que mi Orbea tras diluvio.
Y así llegamos a la subida final. El debate ya no era si
Jonas Vingegaard iba a perder tiempo en Gavarnie, sino cuánto iba a perder.
El Tour había pensado que un puerto tendido como final de
etapa serviría para contener las diferencias. Claro, eso funciona cuando hablas
de corredores normales. Si el mejor ciclista del mundo ya había dejado
moribundos a sus rivales en las rampas del Col du Tourmalet, en una subida de
porcentajes más suaves la brecha podía ser incluso mayor que en un final como Luz
Ardiden.
Y fue exactamente lo que ocurrió.
Mientras por detrás se unían los grupos de Florian Lipowitz,
Isaac del Toro y Paul Seixas con el de Remco Evenepoel, Juan Ayuso y Mattias
Skjelmose, Tadej Pogačar no hacía más que aumentar su ventaja sobre Jonas
Vingegaard. Ya solo quedaba esperar a que todos cruzaran la meta.
Vigesimotercera victoria de etapa del esloveno en el Tour de
Francia. Un paso más hacia su quinto triunfo en París.
2 minutos y 42 segundos sobre Vingegaard. Más de tres
minutos sobre el resto.
El Tour parece sentenciado, no solo por la renta acumulada
en una sexta etapa, sino por una sensación todavía más demoledora: ahora mismo
cuesta imaginar a alguien capaz de quitarle la corona a este extraterrestre.
Una vez más, mientras la montaña aparenta permanecer
impasible, el Tourmalet ha vuelto a ser testigo de la historia y a abrazar al
mejor ciclista que jamás haya pasado por sus rampas.
El Tour continúa. La leyenda también.


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